Esta pandemia nos ha hecho replantearnos muchas cosas. Entre ellas, a valorar aquello que teníamos y que pensamos que jamás nos iba a faltar

Si nos llegan a decir hace un año y medio, que en Febrero de 2020 se pararía el continente asiático, y que un mes más tarde sería Europa tendría que ser confinada, seguramente no nos lo habríamos creído y hubiéramos pensado que se trataba del guión de una macabra película. Es más, si nos hubieran preguntado en Diciembre de 2019 sobre el significado de la palabra «confinamiento», muchos no hubiéramos sabido responder.

Sin embargo, un año más tarde, la situación es bien diferente.

Dentro de cinco días se cumple un año desde que nos obligaron a permanecer en casa. En un estado de derecho como el español, dónde incluso pensamos que tenemos más libertades de aquellas que la Constitución Española nos ofrece, era difícil pensar que nos iban a prohibir salir de casa, y mucho menos, que si lo teníamos que hacer por extrema necesidad deberíamos salir con una mascarilla puesta. Impensable para un país acostumbrado a vivir confundiendo el libertinaje con la libertad, sobre todo en determinados nichos sociales.

La situación ha cambiado un poco, pero se ha alargado en el tiempo mucho más de lo que nos hubiera gustado, y lo peor es que a pesar de todo, no hemos aprendido la lección. Llevan un año diciéndonos que de esto íbamos a salir mejores personas, y la verdad es que yo personalmente no creo que sea así, al menos no es lo que percibo.

El egoísmo sigue estando muy presente en la sociedad. El «yoísmo» nos invade, y sigo contemplando con asombro cómo, para muchos, es más importante salir de fiesta – a pesar de que es ilegal a día de hoy – antes que cuidarse a sí mismos y, especialmente, cuidar a sus propias familias. La constante observación de su propio ombligo deja muy a las claras de cuáles son sus preferencias, y nos sumerge a todos en una espiral de sufrimiento.

Pienso que estamos llegando a la orilla después de naufragar durante muchos meses, pero también creo que tenemos el león dentro del gallinero. No voy a pararme a analizar o a opinar sobre la gestión de aquellos que tienen sobres sus hombros el peso del país, eso da para un debate mucho más largo, pero considero que como sociedad no hemos estado a la altura.

No me malinterpreten. Un altísimo porcentaje de nuestra sociedad ha hecho las cosas de manera correcta, se ha cuidado, ha tratado de evitar contagiarse y contagiar… Pero en la calle ocurre como cuando echas Cola Cao en un vaso de leche, con echar un poco se tiñe todo el vaso.

Por suerte, y a pesar de no merecerlo, contamos con los mejores sanitarios del país, que no sólo se han batido el cobre con un virus que no conocían, y que se ha llevado por delante a médicos muy reputados en nuestro país, y a enfermeros que no han dejado de ir a trabajar a pesar de que desde las administraciones no se les dotaba de la protección necesaria.

Por suerte, contamos con los mejores transportistas, profesionales sin parangón que en ningún momento pensaron que lo mejor era quedarse en casa y protegerse, y sin embargo, han aumentado el número de horas cuando más falta nos hacía, dejando de ver a sus propias familias para que en nuestros supermercados no faltara de nada.

Por suerte, el propio personal de nuestros supermercados sigue demostrando que, no sólo son trabajadores incansables, sino que además tienen una paciencia ilimitada, teniendo que actuar como cuidadores de patio de colegio ante las continuas faltas de respeto por parte de muchos de sus clientes, considerándoles más lacayos que personal cualificado. Triste, pero cierto.

Por suerte, contamos con un tejido empresarial que, a pesar de la pandemia y de la crisis, de la falta de ayudas, de la subida de impuestos, continúa demostrando que cuando se lucha por un sueño, no hay traba que consiga derribarles. Muchos han caído, muchos han tenido que cerrar y han visto como todo aquello por lo que han luchado se ha ido al traste, totalmente desvalidos y sin ayudas, pero la gran mayoría continúa sosteniendo el mayor ingreso presupuestario de este país.

En definitiva, somos una sociedad comprometida, pero entre todos tenemos que conseguir que las ovejas negras que nos rodean dejen de serlo y se comprometan en velar por el bienestar de todos, sólo de esta manera saldremos adelante.

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